lunes, 17 de diciembre de 2012

Autodeterminación, autonomía y liberalismo


Díaz-Polanco, H. (1 de Febrero de 1998). Autodeterminación, autonomía y liberalismo. Recuperado el 13 de Marzo de 2012, de http://www.latautonomy.org/SA_DiazPolanco_Art1.pdf

Diversidad Cultural y sus complejidades

Desde que los conglomerados sociales comenzaron a complejizarse, se dio la presencia en su interior de grupos con diversas configuraciones culturales integrados bajo un mismo sistema político y económico; esta misma complejidad implica la existencia de jerarquías de poder entre los diferentes grupos y, debido a las diferencias entre los mismos, la aparición y permanencia de conflictos y dificultades.   Si bien los grupos en la cúspide del poder han propugnado comúnmente por buscar una homogeneidad dentro del territorio sobre el que rigen, la diversidad cultural se resiste a ser suprimida.
La configuración del sistema económico mundial, que ahora se construye alrededor de lo económico y no de lo territorial, no ha propiciado la homogeneización como se pensó en un principio, y aún con el apoyo legislativo a su favor, sino que más bien ha exacerbado la animosidad en los conflictos al generalizar el problema de la diversidad complicando el carácter del malestar cultural al extenderlo a nivel planetario. 
La economía-mundo con el liberalismo, base filosófica e ideológica del capitalismo mundial, como bandera unificadora ha propugnado con más fuerza a favor de la desaparición de la diversidad cultural para configurar la “aldea global”, donde los derechos individuales, la autonomía personal, es lo que importa, lo particular.  En el otro lado tenemos al conservadurismo, la adhesión a la tradición, lo universal, donde lo que importa es la comunidad, el derecho colectivo.  Ambas posturas se han enfrentado históricamente con fuerte hostilidad, con objetivos que parecen irreconciliables entre sí.  Es solo hasta el siglo XX que el liberalismo acepta el reconocimiento de los derechos colectivos, el derecho de los pueblos a la libre determinación y la facultad de constituir Estado-naciones.
Al comienzo del tercer milenio la discusión sobre la diversidad giraba aún en torno a si se debía considerar como “pueblos” a los grupos étnicos, lo que equivaldría a otorgarles el derecho a la autodeterminación, derechos colectivos y derechos humanos que pudieran ser ejercidos en pleno por sus miembros, o bien, crear una nueva categoría de “pueblos de segunda” a los que no se le otorgara tal derecho, si esto se consagra en las legislaciones a nivel internacional, representaría el triunfo definitivo del pensamiento liberal no pluralista sobre los procesos autonómicos de los diversos grupos étnicos y un fuerte golpe para la supervivencia de la diversidad, que sin dejar necesariamente de existir, debería replegarse hacia la clandestinidad y buscar nuevas formas de hacer valer sus derechos empleando el lenguaje dominante que les es impuesto.  Ya se ha perdido en varios campos legislativos, pero el golpe definitivo aún está por ser asestado o evitado, y es en este espacio donde los intelectuales comprometidos pueden y deben intervenir; comenzando por hacer notar a ambos bandos que gran parte de sus diferencias provienen de una interpretación sesgada de las argumentaciones del otro, porque los grupos étnicos en su mayoría no buscan separarse del Estado-nación en que se encuentran insertos, sino que se reconozcan sus derechos y sobre todo el derecho a ser diferente y velar por sus propios valores, costumbres y tradiciones.  Aceptar esto por parte de los liberales requeriría la transformación sustancial del Estado-nación para permitir la existencia de estos grupos como entes de derecho y capacidad de autodeterminación y dominio sobre los territorios que históricamente han ocupado: lo que suscita incertidumbre sobre la compatibilidad de derechos y garantías individuales frente a derechos colectivos, que sería parte de la problemática a solventar en esta transformación necesaria del Estado Nación para reconocer a los grupos étnicos como pueblos dentro del marco nacional.  La clave parece encontrarse en el conocimiento del otro, el respeto, el diálogo y la comunicación, pero sobre todo en la disposición para escuchar lo que aquel que es diferente tiene que decir antes de emitir juicios apresurados, en no permitir que la intransigencia sea la ganadora y todos los demás salgamos perdiendo.

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