Díaz-Polanco, H. (1 de Febrero de 1998). Autodeterminación,
autonomía y liberalismo. Recuperado el 13 de Marzo de 2012, de
http://www.latautonomy.org/SA_DiazPolanco_Art1.pdf
Diversidad Cultural y
sus complejidades
Desde
que los conglomerados sociales comenzaron a complejizarse, se dio la presencia
en su interior de grupos con diversas configuraciones culturales integrados
bajo un mismo sistema político y económico; esta misma complejidad implica la
existencia de jerarquías de poder entre los diferentes grupos y, debido a las
diferencias entre los mismos, la aparición y permanencia de conflictos y
dificultades. Si bien los grupos en la
cúspide del poder han propugnado comúnmente por buscar una homogeneidad dentro
del territorio sobre el que rigen, la diversidad cultural se resiste a ser
suprimida.
La
configuración del sistema económico mundial, que ahora se construye alrededor
de lo económico y no de lo territorial, no ha propiciado la homogeneización
como se pensó en un principio, y aún con el apoyo legislativo a su favor, sino
que más bien ha exacerbado la animosidad en los conflictos al generalizar el
problema de la diversidad complicando el carácter del malestar cultural al
extenderlo a nivel planetario.
La
economía-mundo con el liberalismo, base filosófica e
ideológica del capitalismo mundial, como bandera unificadora ha propugnado con
más fuerza a favor de la desaparición de la diversidad cultural para configurar
la “aldea global”, donde los derechos individuales, la autonomía personal, es
lo que importa, lo particular. En el
otro lado tenemos al conservadurismo, la adhesión a la
tradición, lo universal, donde lo que importa es la comunidad, el derecho
colectivo. Ambas posturas se han
enfrentado históricamente con fuerte hostilidad, con objetivos que parecen
irreconciliables entre sí. Es solo hasta
el siglo XX que el liberalismo acepta el reconocimiento de los derechos
colectivos, el derecho de los pueblos a la libre determinación y la facultad de
constituir Estado-naciones.
Al
comienzo del tercer milenio la discusión sobre la diversidad giraba aún en
torno a si se debía considerar como “pueblos” a los grupos étnicos, lo que
equivaldría a otorgarles el derecho a la autodeterminación, derechos colectivos
y derechos humanos que pudieran ser ejercidos en pleno por sus miembros, o
bien, crear una nueva categoría de “pueblos de segunda” a los que no se le
otorgara tal derecho, si esto se consagra en las legislaciones a nivel
internacional, representaría el triunfo definitivo del pensamiento liberal no
pluralista sobre los procesos autonómicos de los diversos grupos étnicos y un
fuerte golpe para la supervivencia de la diversidad, que sin dejar
necesariamente de existir, debería replegarse hacia la clandestinidad y buscar
nuevas formas de hacer valer sus derechos empleando el lenguaje dominante que
les es impuesto. Ya se ha perdido en varios
campos legislativos, pero el golpe definitivo aún está por ser asestado o
evitado, y es en este espacio donde los intelectuales comprometidos pueden y
deben intervenir; comenzando por hacer notar a ambos bandos que gran parte de
sus diferencias provienen de una interpretación sesgada de las argumentaciones
del otro, porque los grupos étnicos en su mayoría no buscan separarse del
Estado-nación en que se encuentran insertos, sino que se reconozcan sus
derechos y sobre todo el derecho a ser diferente y velar por sus propios
valores, costumbres y tradiciones.
Aceptar esto por parte de los liberales requeriría la transformación
sustancial del Estado-nación para permitir la existencia de estos grupos como
entes de derecho y capacidad de autodeterminación y dominio sobre los
territorios que históricamente han ocupado: lo que suscita incertidumbre sobre
la compatibilidad de derechos y garantías individuales frente a derechos
colectivos, que sería parte de la problemática a solventar en esta
transformación necesaria del Estado Nación para reconocer a los grupos étnicos
como pueblos dentro del marco nacional.
La clave parece encontrarse en el conocimiento del otro, el respeto, el
diálogo y la comunicación, pero sobre todo en la disposición para escuchar lo
que aquel que es diferente tiene que decir antes de emitir juicios apresurados,
en no permitir que la intransigencia sea la ganadora y todos los demás salgamos
perdiendo.
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